devoción

12/29/2022

 

No me gustan las promesas a las divinidades o a lo divino porque siento que ponen lo sagrado en el terreno de la lógica económica del intercambio y el valor: si me das esto hago lo otro, lo que yo hago/doy debe ser de algún modo equiparable a la dimensión de lo que pido, debe haber alguna clase de criterio para mensurar esos valores, etc. Esto lo entendí haciéndolo: alguna que otra vez me vinculé así con lo divino y no me sentí bien.

 

Por eso mi práctica es unicamente devocional: yo solo ofrendo y agradezco. Cuando llega la adversidad, solo pido, no prometo. Pido guía o fuerza y, cuando la adversidad es demasiada, pido deus ex machina. Gracias a los dioses y a la Fortuna, la adversidad no suele ser demasiada. Separo los dos platillos de la balanza porque detesto que las cosas puedan ser valorizables, entrar en la lógica del debe y el haber, odio que sean mensurables a través de los intrumentos que hemos creado en este mundo para mensurarlos.

 

Es lindo que las cosas/gestos/actos tengan brillo, belleza, extrañeza, que sean amigas nuestras un rato, sean socias, sean oponentes tal vez, o sean invisibles y se oculten de nuestra mirada. Pero no me gustan que tengan valor. En eso soy medio cristiana: como Jesús, no me gustan los mercaderes en mi templo.

 

Pero vivo en el capitalismo y valor es casi todo lo que hay, así que por supuesto que este modo de ver las cosas me trae problemas, por ejemplo, cada vez que necesito cobrar por algo que hago. No me quejo, todxs tenemos nuestras dificultades y yo llevo adelante las mías lo más estociamente que puedo y que mis privilegios me permiten.

 

Mientras tanto, mi devoción no es mensurable: ofezco todo a lo divino porque ya me da todo. Me da un espacio simbólico donde la lógica económica está lo menos presente que se puede en este mundo.

 

Así que siempre gracias, dioses y gracias a todxs lxs que este año me permitieron vivir de lo que hago, pese a lo difícil que me resulta ese terreno.